Todo estaba oscuro y olía a café:
no sabía cuánto llevaba esperando.
No había sombras,
no había tiempo que me disuadiera de la vieja tarima
y de una noche que iba a ser eterna.
Los ruidos eran aún peores:
se oían los gritos de una duda,
gritos helados de espanto
que huían para dejar paso a este silencio cargado de nada,
a un instante que no era vida…
y yo ni siquiera sabía qué estaba pasando.
En esta realidad vacía,
en este delirio oí,
alguna vez,
a una voz peluda y despreciable
que me acercaba ese aroma de café a la boca y me invitaba a beber
ofreciéndome su cuerpo como la única vía de escape.
Después de eso no había nada:
la voz se desvanecía
y todo volvía al origen;
entonces yo
retomaba mi miedo en este rincón cada vez más grande,
cada vez más lejos de la realidad
y, sin embargo,
aún me asustaba moverme
por no arañar el silencio
y romperme en mil pedazos.
Quise dormir para huir de este desatino,
para despertarme…
pero todo estaba oscuro:
Todo estaba oscuro y olía a café.