Teníamos la caricia
y las ganas,
pero nos faltó la fuerza
y la bala para poder saltar:
nunca
quisiste
caer
pero todos mis abismos llevaban tu nombre.
Quise correr
porque esto era importante,
y mi mayor vértigo no era la rutina,
sino era la inercia de volver lo que me aterraba.
He tenido tu piel como un suspiro,
pero es tu indiferencia la que me late
¿Acaso no has sido?
Y huyo,
para que quieras quedarte:
ya me arranqué las alas para poder volar contigo,
pero es persistente la esperanza de un mañana.
Es tan sencillo lo abstracto,
tan complicado el ego,
tan coraza,
que aunque insignificante y ajeno es esto lo único que importa,
porque es efímero.
Ya ni siquiera necesito que seas tú:
que sea tu abrazo ahora quien me comprenda.
Y así nos encontramos a medio camino,
en el dónde y el cuando de los trenes que siempre llegan tarde.
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